El síndrome persecutorio



Todos se habían puesto de acuerdo. Los guapos, los feos, los gordos, los flacos, los grandes y los pequeños, todos al unísono decidieron que correr cada día era un requisito fundamental para salvar las almas de la gente en la faz de la tierra. Y yo, que siempre me había considerado guapo y si no listo bien apañado, vi a toda esa gente corriendo hacia mi en manada y gritando y enseñando los dientes con hachas en la mano y espaldas kilométricas, y entonces tuve miedo. Quien soportaría la presión, quien se daría media vuelta y seguiría con su vida mientras se acercan a ti con toda la mala idea... y por eso es que empecé yo también señoría, día tras día. Sufrí correteando por las calles de algún barrio de Berlín, desorientado; y allí seguían ellos, corriendo detrás de mi, con cuchillos en la boca y biceps mutantes hipertrofiados, desafiantes, y muy pero que muy enfadados.

Andrés Troitiño




A Sam


Cuando llegué a Berlín, quise escribir sobre Bogotá y cuando quise escribir sobre Bogotá, me dio nostalgia y lo dejé.
Me propuse escribir sobre la existencia en oscuros rincones de bares y discotecas pero las ganas se me quitaban apenas llegaban. Años antes de irme, le prometí a mi profesora de español que no pararía nunca de escribir y me ha costado mucho mantenerle mi palabra.
Ya exiliado quise escribirle a mi equipo de fútbol y entre madrugadas infernales y directivos autócratas me despojaron de ganas. Decidí entonces, escribir historias cotidianas alejadas de mí y no lo conseguí porque la rutina en el trabajo me mantenía cansado, sin creatividad y pensando en números. A ella claro que le empecé a escribir, aunque fue tanto el miedo que me hizo sentir, que le guardé mis palabras en un baúl sin llave. A Lore siempre quise escribirle más y desde que se quitó la vida, me da tristeza y vergüenza pensar en todo lo que le pude haberle escrito.
Nevó una vez y escribí sobre ello una carta completa, lastimosamente, el impulso duró poco porque empezó la cuarentena y el mundo se llenó de mejores reflexiones.
Traté de escribir en alemán y sólo funcionó hasta cierto punto, ya que a mis pensamientos se acomodaron al idioma pero yo no pude abusar de éste y así escribir no tiene gracia. Escribir requiere de disciplina y yo no la tengo.
No importa, hoy quise escribirle a mi perro que murió hace poco. El no sabía ni le interesaba leer pero me acompañaba cuando escribía. Debo muchas letras pero a él quiero regalarle las primeras. Me haces mucha falta perrito, descansa porque te lo mereces.

Christian Hamann