DESDE ARRIBA SE VE
TODO MÁS PEQUEÑO
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︎︎︎MARCOS NACAR


JIM
NEZTRO

Cuando me voy de un sitio, suelo escrutar el paisaje por última vez. El escenario de lo acontecido. Lo miro para ver si siento algo, para ver si era de verdad. Y no una escenografía de cartón piedra como a veces me parece todo. Porque si eres un muñeco articulado, a veces todo te parece tu pequeño decorado, o el que te han puesto.

Pero te juro que hoy estaba mirando el mar a las seis de la mañana y te juro que era de verdad. Me cago me dios , que estaba ahí y me miraba y yo le miraba y me sentía de puta madre porque todo era de verdad.

Y luego me he comido un bocata de lomo queso con mi hermano, que era de verdad también, y me he metido en un aeroplano y me ha dado miedo que fuese de juguete y yo volviese a ser un muñequito articulado. Pero luego me he peleado con una pija polaca y te juro que  también ha sido de verdad, hasta me ha salido un comentario tremendamente cínico colocado perfectamente en el espacio tiempo para dejarla fuera de juego y hundirle ese ego que tenía que seguro que era de mentira.

Que sea de verdad porque sino pa’ que, pa’ que si no.

A veces es todo tan de mentira que me tengo que subir a paredes la hostia de altas con una cosa que se llaman pies de gato, para acojonarme y balbucear que esto va en serio y luego sentirme bien porque he estado a punto de matarme de verdad. Yo no quería matarme que quede claro. Pero tengo que hacer un montón de tonterías pa’ que se me quite la tontería.
¿Te puedes creer que me acojone más perder un avión que que un avión se estampe? El de mi derecha se ha santiguado ya veinte veces y siento el tambaleo del avión mientras nos disponemos a aterrizar, reviéntame contra el suelo, pero date de verdad una buena hostia y que se mate la pija polaca conmigo y nos acaben enterrando juntos, porque en realidad la tipa me gustaba y no me importaría pudrirme a su lado.

Que quede claro que matarme no quiero, aunque igual podría dejar de estar acojonado por morirme, que no matarme, y se me quitaría la tontería.

El de al lado se ha vuelto a santiguar y se ha bebido media botella de black label, él tiene a Cristo y a Dionisio y yo tengo mi terrenal miedo a la muerte natural. Vamos a aterrizar, nos acercamos al asfalto donde el cabrón este se morirá libre de pecado y a mi me enterraran en Varsovia con mi recién estrenado crush polaco. Descendemos, el devoto se ha vuelto a santiguar, metros nos separan del desenlace, yo estoy tranquilo porque mi vida no depende de mi, las ruedas del avión impactan contra el suelo, tres veces, las cuento, una, dos, y tres, cierro los ojos y el pájaro de metal se acaba estabilizando. Luego es todo como un zumbido largo. Ya nadie aplaude tras los aterrizajes. Se esfuma el zumbido, como se esfuma el zumbido del aire acondicionado que se apaga en la sobremesa del domingo.

Bajar las escaleras de un avión, que te extrañe la estabilidad del suelo, un cigarro en tierra de nadie y a seguir.


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