El sueño de Schroedinger

Minerva Burroni


Un día cualquiera de finales de junio, 2020, Berlín - 15:34 horas.

M10 dirección Hauptbanhof. El tranvía amarillo llega sumido en una bola de luz amarillenta color salsa holandesa. Hace calor, nivel salmonela. El clima lleva días seco, sin un hilo de viento. Los pajarillos vuelan sin ganas, aburridos, planeando lentos sobre los casi 40 grados de temperatura que hierven este verano raro la capital alemana. Las mascarillas aprietan con sus gomas elásticas la piel, el oxígeno, las ganas. Sin ellas, subo al tranvía en la parada de ese enorme cruce donde se besan la Prenzlauerallee y la Danzigerstraße. Lo hubiera evitado si no fuera porque ayer la bici me dejó tirada. La presión de una de sus ruedas sucumbió al calor. Las puertas del tranvía se abren de forma automática. Una ráfaga de viento polar, antinatural, choca contra mi piel al descubierto. Un escalofrío, in crescendo, recorre amable todas mis vértebras desde el coxis hasta alcanzar mi cuello...

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